Jugar con los sobrinos: al Monopoly, en la piscina, a pillar, en la nieve. Uno vuelve a ser niño con ellos, y a olvidarse de las preocupaciones. Lo malo es que ya se van haciendo mayores y empiezan a poner objeciones a eso de “jugar con su tío”.
Ver a la selección española de fútbol ganando partidos de la Eurocopa. ¡Tiembla, Italia!, ¡acordaos de Luis Enrique, chicos!
Un buen plato de lentejas con patatas. Machacar unas y otras y revolverlas en una pasta muy densa. Comérmela a grandes bocados. Rebañar con pan los restos y dejar el plato limpio como una patena.
Escuchar la marcha de la película 1941, de John Williams, con los altavoces a todo volumen, y recordar la irreverente humanidad de John Belushi haciendo el gamberro.
Llegar a casa después del trabajo, un día de mucho calor como el de hoy, y beberme un gran vaso de vino con gaseosa y hielos. El primer sorbo, cuando los pedazos de hielo se agrietan con sonoros chasquidos, es todo un momento de éxtasis.
Leer un buen libro de cuentos fantásticos o de ciencia ficción. Por ejemplo, Las puertas de lo posible, de José María Merino (Páginas de Espuma).
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