San Agustín dijo: “Las lágrimas son la sangre del alma”. Y, en estos tiempos de simulación, donde nada es lo que parece y las técnicas del mercadeo han hecho hasta de las lágrimas un objeto, cómo no perturbarse frente a esas almas que se nos muestran como heridas. Y todo este rodeo para confesar mi perturbación ante nuestras mujeres líderes que en estos tiempos de angustia colectiva han mostrado sus lágrimas ante las cámaras. La Presidenta, a la que vimos emocionada frente a los compatriotas exiliados en Roma. Lilita Carrió en su recorrido por los piquetes de los chacareros.
No deja de resultar aleccionador que en la misma semana, Susana Giménez haya confesado que no llora nunca, ni aunque le pase un colectivo encima. Tal vez porque la mujer que hizo de la espontaneidad un rasgo de verdad reina sin culpas, y por eso con alegría, en el espacio público, tradicionalmente de los varones.
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