Y con estas reflexiones me desperté esta mañana, temprano, antes que sonara el despertador, dejándome acariciar por la claridad que se colaba apabullante en el dormitorio. Y flotando sobre sus rayos de luz entró el piar continuo, el canto alegre de un gorrión. Muy despacio me he levantado, y lo he visto posado en el pretil de la ventana mirándome, dándome a su modo los buenos días. Pero antes de retirarme también me los ha dado la acacia de la acera de enfrente, moviendo presuntuosa sus ramilletes de flores rosas para que me fijara en ella.
Con prisas, como siempre, llegué a la cocina, encontrándomela adormilada, quizás esperando con resignación el ajetreo propio de las horas previas al almuerzo de todos los días. Y me preparé el primer café de la mañana, el mejor, el que levanta el ánimo y te prepara para el trajín del día. Y mientras paladeaba su amargo sabor apoyado en la encimera entró mi hija, recién peinada y dispuesta para salir al colegio. Hoy me tocaba llevarla a mí, y con dulzura me dio mi beso de buenos días, el que me acompañaría durante toda la jornada para darme ánimos y bríos.
Reconfortados con la frescura de la mañana nos dirigimos al colegio, pasando delante de la tienda de Tomás, el frutero, donde su perrita Chispas se nos acercó moviendo el rabo alegre y despreocupada. Yo le obsequié con una cariñosa caricia, y ella me miró con ojos de agradecimiento al marcharnos. Ya sólo me quedaba una cosa sin importancia. Y entonces tuve un pensamiento alegre. El desafío estaba cumplido, y continué mi camino con una amplia sonrisa
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